Hoy, mi día comienza algo antes de lo normal. La alarma de mi móvil empieza a berrear a las 5:30 AM. La apago deseando que sea una broma y que en verdad pueda dormir al menos 5 horas más.
Toda esta tortura matutina es consecuencia directa de haber perdido una apuesta con mi amigo Abraham, y su premio fue hacerme sufrir lo que queda de semana yendo a correr con él y con los demás miembros del equipo.
Ahora que lo pienso, yo estoy aquí contando mi vida sin ni siquiera haberme presentado. Mi nombre es Anneliese Ginebra Knight aunque, por favor, no me llaméis así. Todos (hasta los profesores) me llaman Angie desde que tuve el vocabulario suficiente como para decirles a mis padres que me pusieron el nombre más horrible y pomposo que existe.
Es fácil adivinar por mi nombre, que no soy española. Nací en un hospital de Londres hace exactamente 15 años y 3 meses, y me mudé aquí hace un año por motivos personales que prefiero no mencionar.
Para hacerlo todo más sencillo de visualizar, os diré que soy mas o menos alta (1'73 cm), considerablemente delgada (dado que soy bailarina), pelirroja y con los ojos castaños. Algo más o menos normal en Irlanda, poco frecuente en Inglaterra, e insólito en España. Podría decirse que ese es el verdadero motivo de mi popularidad: llamo la atención.
Llamar la atención suele traer dos posibles resultados: o se ríen de ti, o eres de los que se ríen de los demás. Hace un tiempo decidí no ser de ninguno, pero supongo que el haber pasado gran parte de mi niñez siendo una zorra manipuladora y sin escrúpulos hizo que no se notara demasiado en la actualidad, aunque como ya he dicho, no me gusta hablar del pasado.
No tengo hermanos, ni prácticamente familia. Bueno, en realidad si que tengo familia aunque no la conozco, con lo que mi círculo social (y dado que vivo interna) se limita a mis amigos del Olympo. Lo malo de estos grupos es que aunque parezcamos una piña unida desde fuera, la mayoría ni nos soportamos. Yo, en particular, solo mantengo una verdadera amistad con Marta, Gorka, Abraham, Carolina y Miranda. El resto de personas de mi entorno son simples conocidos a los que soporto de buena gana o gilipollas a los que me veo obligada a soportar. Pero así es la vida en el Olympo.
Y creo que ya no necesito añadir más información sobre mí, ya me iréis conociendo con el paso del tiempo, supongo, con lo cual podemos volver de nuevo a mi día...
Me pongo un pantalón de deporte negro corto y un top deportivo de los que uso para baile. Recojo mi pelo en una coleta alta y me hecho un poco de cacao, ya que son las seis de la mañana y como que paso de maquillarme para salir a correr.
Al final, salgo del dormitorio intentando hacer poco ruido por el pasillo ya que son las 5:54 AM y no quiero que nadie me crucifique pero mis intentos, como de costumbre, son en vano. Justo cuando estoy a punto de volver la esquina para bajar las escaleras, Caro me toca el hombro por la espalda. La pobre aún tiene los ojos pegados por el sueño y, lo que creo que son marcas, provocadas por dormirse de nuevo sobre su teléfono, dibujadas en la cara.
— ¿Qué coño haces despierta ahora? ¿No te enseñaron a cerrar puertas en Londres? Poco más y levantas a toda la planta, pelirroja. — Me dice gesticulando, como siempre, con las manos.
— Te lo dije ayer. — Le respondo mientras intento arreglar con las manos el desorden que es su pelo ahora mismo. Si alguien la viera ahora, seguro que la foto iba directa a Instagram, aunque posiblemente se la sudaría también. — La apuesta con Abraham, ¿recuerdas? — Ella me mira extrañada. Puta Caro. — Joder tía, te lo conté. Tengo que ir toda la semana a correr con el equipo de atletismo antes de clase.
— Mmmm... En verdad, ya que estoy despierta puedo acompañarte. Así no sufres tanto. — No sé en qué momento Caro ha pasado de modo dormida a modo hiperactiva (su modo habitual).
Ni siquiera tengo tiempo de responderle. Antes de poder suplicarle que aproveche las horas de sueño que le quedan, entra en su cuarto a cambiarse. He de decir que la personalidad de Caro es... intensa. Ella vive siempre feliz, siempre con energía. La típica amiga que se apunta a lo que sea y nunca se piensa nada dos veces. Es muy divertida, pero a veces me da miedo.
Diez minutos después, sale vestida, peinada y aseada de su dormitorio. Ni siquiera sé como lo ha hecho tan rápido. Pobre Mir (su compañera de habitación) seguro que la ha despertado.
— ¡Vamos a correr! — Me dice mientras me adelanta por las escaleras. Las está bajando de dos en dos y sin siquiera agarrarse a la barandilla. Solo espero no acabar en urgencias esta mañana.
~En la pista de atletismo~
Parece que la sorpresa se ha extendido con nuestra llegada. Abraham, como siempre, está empanado mirando a su móvil. Una sonrisa está pintada en su cara mientras contempla la pantalla iluminada, aunque no tarda demasiado en esconder su teléfono en el bolsillo de su sudadera y cerrar la cremallera de este. Después, por fin, nos ve entre la multitud.
— ¡Buenos días, chicas! — Nos grita a un par de metros de distancia. — Hace un día maravilloso para echar una carrerita matutina, ¿verdad? — Tras decir eso, cae en la cuenta de que Caro, en verdad, no tenía motivos para acompañarnos. — ¿Y qué haces tu aquí? ¿Por fin has decidido hacer algo de deporte? — Dice riéndose.
Abraham es uno de mis amigos más cercanos. Parece tímido y dulce, pero en el fondo es un capullo de humor negro, y me encanta.
— No hago deporte porque no lo necesito. — Dice caro señalando su cuerpo.
La verdad es que tiene razón, es una chica bastante vistosa y llena de curvas. Pese a eso, no es una persona engreída, creo que para ella es simplemente un dato objetivo. Ese es uno de los mejores rasgos de su personalidad: es completamente consciente de como es, física y emocionalmente, con lo que siempre se muestra segura. Por raro que parezca, a veces envidio eso, pero bueno, lo voy superando.
El entrenamiento de atletismo comienza a las 6:30 de la mañana, y durante la hora que dura, consigo abstraerme de todo. Para mí, en ese tiempo solo existe el suelo que piso y la sensación en mis piernas al hacerlo, es bastante liberador.
A las 7:30 AM el entrenador da por concluido el entrenamiento matutino y nos manda a todos a nuestros respectivos cuartos. Casi podría decir que me da pena, aunque, físicamente, estoy cansada ya que todo lo que me ha dado tiempo a desayunar ha sido un batido de proteínas de camino allí, y ni siquiera completo porque lo compartí con Caro. No obstante, me siento muy relajada mentalmente, como cuando sales de una clase productiva de yoga o como cuando encuentro un momento para meditar: en paz.
Caro y yo caminamos hacia nuestros dormitorios con prisa, ya que la hora del desayuno empieza en 20 minutos, y las clases comienzan media hora después. Sí, ventajas de un internado: antes de que te hayas tragado los cereales, ya tienes que estar haciendo integrales. Y, si ya tenemos en cuenta que hay algo llamado higiene básica, y que nos lavamos los dientes después de desayunar, eso nos deja con 0 minutos de margen si pretendemos alimentarnos y eso.
— Buenos días nos de Dios— Dice una voz que proviene del callejón. Ambas sabemos perfectamente de quien se trata, pero aun así Caro parece sorprendida.
Ese callejón es conocido por su funcionalidad: fumar. Está estratégicamente situado entre dos edificios y tiene dos salidas por si los pillasen, poder escapar antes de ser identificados. Por allí solo solemos pasar los alumnos de camino a nuestras habitaciones, o buscando algo de material, con lo que es prácticamente imposible que un profesor pase por casualidad por allí y los pille. Por otro lado, es territorio neutro, lo cual quiere decir que no es un sitio de guays, ni de nerds, y dado que si nos pillaran, nos joderíamos todos, nadie se chiva. Supongo que es de las pocas cosas que tenemos en común.
Nosotras nos paramos en seco mientras esperamos a que Rober suelte la colilla que tiene entre los dedos y se acerque.
— ¿Qué hacéis así vestidas y tan temprano? — Comenta acercándose. Su amplia sonrisa me frustra demasiado. Sabe perfectamente lo que hacemos ahí, al menos yo, ya que fue él quién le dio a Abraham la idea de mi castigo para la apuesta.
— ¿No sabes que fumar es malo para la salud? — Le dice sonriendo.
Toda esta tortura matutina es consecuencia directa de haber perdido una apuesta con mi amigo Abraham, y su premio fue hacerme sufrir lo que queda de semana yendo a correr con él y con los demás miembros del equipo.
Ahora que lo pienso, yo estoy aquí contando mi vida sin ni siquiera haberme presentado. Mi nombre es Anneliese Ginebra Knight aunque, por favor, no me llaméis así. Todos (hasta los profesores) me llaman Angie desde que tuve el vocabulario suficiente como para decirles a mis padres que me pusieron el nombre más horrible y pomposo que existe.
Es fácil adivinar por mi nombre, que no soy española. Nací en un hospital de Londres hace exactamente 15 años y 3 meses, y me mudé aquí hace un año por motivos personales que prefiero no mencionar.
Para hacerlo todo más sencillo de visualizar, os diré que soy mas o menos alta (1'73 cm), considerablemente delgada (dado que soy bailarina), pelirroja y con los ojos castaños. Algo más o menos normal en Irlanda, poco frecuente en Inglaterra, e insólito en España. Podría decirse que ese es el verdadero motivo de mi popularidad: llamo la atención.
Llamar la atención suele traer dos posibles resultados: o se ríen de ti, o eres de los que se ríen de los demás. Hace un tiempo decidí no ser de ninguno, pero supongo que el haber pasado gran parte de mi niñez siendo una zorra manipuladora y sin escrúpulos hizo que no se notara demasiado en la actualidad, aunque como ya he dicho, no me gusta hablar del pasado.
No tengo hermanos, ni prácticamente familia. Bueno, en realidad si que tengo familia aunque no la conozco, con lo que mi círculo social (y dado que vivo interna) se limita a mis amigos del Olympo. Lo malo de estos grupos es que aunque parezcamos una piña unida desde fuera, la mayoría ni nos soportamos. Yo, en particular, solo mantengo una verdadera amistad con Marta, Gorka, Abraham, Carolina y Miranda. El resto de personas de mi entorno son simples conocidos a los que soporto de buena gana o gilipollas a los que me veo obligada a soportar. Pero así es la vida en el Olympo.
Y creo que ya no necesito añadir más información sobre mí, ya me iréis conociendo con el paso del tiempo, supongo, con lo cual podemos volver de nuevo a mi día...
Me pongo un pantalón de deporte negro corto y un top deportivo de los que uso para baile. Recojo mi pelo en una coleta alta y me hecho un poco de cacao, ya que son las seis de la mañana y como que paso de maquillarme para salir a correr.
Al final, salgo del dormitorio intentando hacer poco ruido por el pasillo ya que son las 5:54 AM y no quiero que nadie me crucifique pero mis intentos, como de costumbre, son en vano. Justo cuando estoy a punto de volver la esquina para bajar las escaleras, Caro me toca el hombro por la espalda. La pobre aún tiene los ojos pegados por el sueño y, lo que creo que son marcas, provocadas por dormirse de nuevo sobre su teléfono, dibujadas en la cara.
— ¿Qué coño haces despierta ahora? ¿No te enseñaron a cerrar puertas en Londres? Poco más y levantas a toda la planta, pelirroja. — Me dice gesticulando, como siempre, con las manos.
— Te lo dije ayer. — Le respondo mientras intento arreglar con las manos el desorden que es su pelo ahora mismo. Si alguien la viera ahora, seguro que la foto iba directa a Instagram, aunque posiblemente se la sudaría también. — La apuesta con Abraham, ¿recuerdas? — Ella me mira extrañada. Puta Caro. — Joder tía, te lo conté. Tengo que ir toda la semana a correr con el equipo de atletismo antes de clase.
— Mmmm... En verdad, ya que estoy despierta puedo acompañarte. Así no sufres tanto. — No sé en qué momento Caro ha pasado de modo dormida a modo hiperactiva (su modo habitual).
Ni siquiera tengo tiempo de responderle. Antes de poder suplicarle que aproveche las horas de sueño que le quedan, entra en su cuarto a cambiarse. He de decir que la personalidad de Caro es... intensa. Ella vive siempre feliz, siempre con energía. La típica amiga que se apunta a lo que sea y nunca se piensa nada dos veces. Es muy divertida, pero a veces me da miedo.
Diez minutos después, sale vestida, peinada y aseada de su dormitorio. Ni siquiera sé como lo ha hecho tan rápido. Pobre Mir (su compañera de habitación) seguro que la ha despertado.
— ¡Vamos a correr! — Me dice mientras me adelanta por las escaleras. Las está bajando de dos en dos y sin siquiera agarrarse a la barandilla. Solo espero no acabar en urgencias esta mañana.
~En la pista de atletismo~
Parece que la sorpresa se ha extendido con nuestra llegada. Abraham, como siempre, está empanado mirando a su móvil. Una sonrisa está pintada en su cara mientras contempla la pantalla iluminada, aunque no tarda demasiado en esconder su teléfono en el bolsillo de su sudadera y cerrar la cremallera de este. Después, por fin, nos ve entre la multitud.
— ¡Buenos días, chicas! — Nos grita a un par de metros de distancia. — Hace un día maravilloso para echar una carrerita matutina, ¿verdad? — Tras decir eso, cae en la cuenta de que Caro, en verdad, no tenía motivos para acompañarnos. — ¿Y qué haces tu aquí? ¿Por fin has decidido hacer algo de deporte? — Dice riéndose.
Abraham es uno de mis amigos más cercanos. Parece tímido y dulce, pero en el fondo es un capullo de humor negro, y me encanta.
— No hago deporte porque no lo necesito. — Dice caro señalando su cuerpo.
La verdad es que tiene razón, es una chica bastante vistosa y llena de curvas. Pese a eso, no es una persona engreída, creo que para ella es simplemente un dato objetivo. Ese es uno de los mejores rasgos de su personalidad: es completamente consciente de como es, física y emocionalmente, con lo que siempre se muestra segura. Por raro que parezca, a veces envidio eso, pero bueno, lo voy superando.
El entrenamiento de atletismo comienza a las 6:30 de la mañana, y durante la hora que dura, consigo abstraerme de todo. Para mí, en ese tiempo solo existe el suelo que piso y la sensación en mis piernas al hacerlo, es bastante liberador.
A las 7:30 AM el entrenador da por concluido el entrenamiento matutino y nos manda a todos a nuestros respectivos cuartos. Casi podría decir que me da pena, aunque, físicamente, estoy cansada ya que todo lo que me ha dado tiempo a desayunar ha sido un batido de proteínas de camino allí, y ni siquiera completo porque lo compartí con Caro. No obstante, me siento muy relajada mentalmente, como cuando sales de una clase productiva de yoga o como cuando encuentro un momento para meditar: en paz.
Caro y yo caminamos hacia nuestros dormitorios con prisa, ya que la hora del desayuno empieza en 20 minutos, y las clases comienzan media hora después. Sí, ventajas de un internado: antes de que te hayas tragado los cereales, ya tienes que estar haciendo integrales. Y, si ya tenemos en cuenta que hay algo llamado higiene básica, y que nos lavamos los dientes después de desayunar, eso nos deja con 0 minutos de margen si pretendemos alimentarnos y eso.
— Buenos días nos de Dios— Dice una voz que proviene del callejón. Ambas sabemos perfectamente de quien se trata, pero aun así Caro parece sorprendida.
Ese callejón es conocido por su funcionalidad: fumar. Está estratégicamente situado entre dos edificios y tiene dos salidas por si los pillasen, poder escapar antes de ser identificados. Por allí solo solemos pasar los alumnos de camino a nuestras habitaciones, o buscando algo de material, con lo que es prácticamente imposible que un profesor pase por casualidad por allí y los pille. Por otro lado, es territorio neutro, lo cual quiere decir que no es un sitio de guays, ni de nerds, y dado que si nos pillaran, nos joderíamos todos, nadie se chiva. Supongo que es de las pocas cosas que tenemos en común.
Nosotras nos paramos en seco mientras esperamos a que Rober suelte la colilla que tiene entre los dedos y se acerque.
— ¿Qué hacéis así vestidas y tan temprano? — Comenta acercándose. Su amplia sonrisa me frustra demasiado. Sabe perfectamente lo que hacemos ahí, al menos yo, ya que fue él quién le dio a Abraham la idea de mi castigo para la apuesta.
En otro contexto, podría pensar que está allí acosándome, pero Rober, pese a su corta edad y su increíble aspecto físico, no es capaz de perdonar el cigarro de la mañana, al menos desde que yo lo conozco.
Caro se acerca a saludarlo con un abrazo, y posteriormente le revuelve el pelo.
Caro se acerca a saludarlo con un abrazo, y posteriormente le revuelve el pelo.
— ¿No sabes que fumar es malo para la salud? — Le dice sonriendo.
Él por su parte, se arregla el pelo y se encoje de hombros
— Venga, reina, te toca — Me dice R mientras abre los brazos.
Me limito a hacer un pequeño gesto con la cabeza (desde la distancia) a modo de saludo. Él arquea las cejas como interrogando mi reacción pero sin abandonar esa sonrisa tan típica suya, este chico nunca deja de sonreír.
— Cierto, a los ingleses no les gusta las muestras de afecto en público — Comenta al tiempo que cambia su sonrisa pícara por una mueca un tanto incómoda y baja los brazos. — Lo siento, siempre se me olvida.
— Deja de culpar a mi nacionalidad, no te abrazo porque no quiero, no porque sea británica, no te rayes — Espero que mi cara sea lo suficientemente expresiva como para que entiendan que estoy de broma, porque no siempre es el caso.
— A la próxima me chivo al director de que eres una bully, ya te vale reina. — Responde R recobrando su sonrisa.
Caro aprovecha el silencio para pedirle a R no se qué favor. Yo por mi parte, ruedo los ojos y uso ese tiempo para revisar mis mensajes.
— Ya que estás mirando el móvil, podías aprovechar para responderme al mensaje que te escribí antes de empezar las clases, que ha pasado ya casi una semanas. — Comenta Rober, interrumpiendo su conversación con Caro. Dicho esto, me guiña un ojo y retoma el hilo de su discusión como si nada hubiera pasado.
Siendo sinceros, se me olvidó la existencia de ese mensaje, y lo cierto es que no llegué ni a leerlo. Ahora me siento un poco mal.
— Vale, quedamos en eso. — Le dice Caro a Rober, y acto seguido se separa un poco de él.
Él me mira sonriendo y después se despide:
— Bueno chicas, tengo que irme. Os veo en el desayuno. — Nos responde mientras se aleja.
Observo como se va alejando mientras reflexiono sobre todo lo que ha pasado con él durante este año. Sinceramente, he de decir que pese a que no me guste reconocerlo, es de los chicos más atractivos que he visto en mi vida: pelo oscuro, ojos verdes, sonrisa perfecta, 1.88 de altura (con solo 15 años) y personalidad encantadora y bromista... Es fácil entender cómo con el paso de los años se ha ganado su reputación de rompecorazones, teniendo en cuenta que hasta bromea con ligar con algunas de las profesoras más cascarrabias del Olympo, y al final las hace reír con su descaro. Impresionante.
— Venga, reina, te toca — Me dice R mientras abre los brazos.
Me limito a hacer un pequeño gesto con la cabeza (desde la distancia) a modo de saludo. Él arquea las cejas como interrogando mi reacción pero sin abandonar esa sonrisa tan típica suya, este chico nunca deja de sonreír.
— Cierto, a los ingleses no les gusta las muestras de afecto en público — Comenta al tiempo que cambia su sonrisa pícara por una mueca un tanto incómoda y baja los brazos. — Lo siento, siempre se me olvida.
— Deja de culpar a mi nacionalidad, no te abrazo porque no quiero, no porque sea británica, no te rayes — Espero que mi cara sea lo suficientemente expresiva como para que entiendan que estoy de broma, porque no siempre es el caso.
— A la próxima me chivo al director de que eres una bully, ya te vale reina. — Responde R recobrando su sonrisa.
Caro aprovecha el silencio para pedirle a R no se qué favor. Yo por mi parte, ruedo los ojos y uso ese tiempo para revisar mis mensajes.
— Ya que estás mirando el móvil, podías aprovechar para responderme al mensaje que te escribí antes de empezar las clases, que ha pasado ya casi una semanas. — Comenta Rober, interrumpiendo su conversación con Caro. Dicho esto, me guiña un ojo y retoma el hilo de su discusión como si nada hubiera pasado.
Siendo sinceros, se me olvidó la existencia de ese mensaje, y lo cierto es que no llegué ni a leerlo. Ahora me siento un poco mal.
— Vale, quedamos en eso. — Le dice Caro a Rober, y acto seguido se separa un poco de él.
Él me mira sonriendo y después se despide:
— Bueno chicas, tengo que irme. Os veo en el desayuno. — Nos responde mientras se aleja.
Observo como se va alejando mientras reflexiono sobre todo lo que ha pasado con él durante este año. Sinceramente, he de decir que pese a que no me guste reconocerlo, es de los chicos más atractivos que he visto en mi vida: pelo oscuro, ojos verdes, sonrisa perfecta, 1.88 de altura (con solo 15 años) y personalidad encantadora y bromista... Es fácil entender cómo con el paso de los años se ha ganado su reputación de rompecorazones, teniendo en cuenta que hasta bromea con ligar con algunas de las profesoras más cascarrabias del Olympo, y al final las hace reír con su descaro. Impresionante.
No obstante, diría que soy una de las pocas chicas que aún se le resisten. Supongo que por eso siempre bromea con intentar conquistarme, hasta el punto de que me resulta bastante molesto, pero bueno, soportable.
De repente, se detiene y se gira hacia nosotras antes de que me de tiempo a apartar la mirada de él.
— Por cierto, reina, puedo sentir como me comes con la mirada. Si tantas ganas me tienes, podemos apañarlo fácilmente... — Añade riendo.
— Por cierto, reina, puedo sentir como me comes con la mirada. Si tantas ganas me tienes, podemos apañarlo fácilmente... — Añade riendo.
Yo ruedo los ojos y aparto la mirada, pero mi visión periférica me permite ver como le guiña un ojo a Caro, se gira y se marcha.
— Sinceramente, nada. Estaba pensando sin más, una pena que haya sido en su dirección.
— A otra con ese cuento, guapa. Se te caía la baba.
— ¿Pero tú te oyes? — Respondo indignada. — Creo que me pones más hasta tú.
Sin darnos cuenta ya estamos en la puerta de Caro. Ella se ha quedado callada tras mi comentario, por lo que ambas esperamos en silencio hasta que ella encuentra sus llaves.
— Bueno, te veo ahora. — Me dice. Y sin más, cierra la puerta tras ella.
No entiendo bien lo que acaba de pasar, pero bueno, Caro es así de única.
~En la cafetería~
Yo le correspondo con una sonrisa y le quito una de las uvas de su macedonia para romper la tensión. Ella finge ofenderse y, de nuevo, todo bien.
Por raro que parezca, pese a que me muero por golpear un cojín por la frustración que provoca en mí este chico, intento mantenerme en silencio mientras camino con Caro hacia nuestras habitaciones. Pero obviamente, Caro es incapaz.
— ¿Qué le mirabas tanto? — Me dice descaradamente.
— ¿Qué le mirabas tanto? — Me dice descaradamente.
— Sinceramente, nada. Estaba pensando sin más, una pena que haya sido en su dirección.
— A otra con ese cuento, guapa. Se te caía la baba.
— ¿Pero tú te oyes? — Respondo indignada. — Creo que me pones más hasta tú.
Sin darnos cuenta ya estamos en la puerta de Caro. Ella se ha quedado callada tras mi comentario, por lo que ambas esperamos en silencio hasta que ella encuentra sus llaves.
— Bueno, te veo ahora. — Me dice. Y sin más, cierra la puerta tras ella.
No entiendo bien lo que acaba de pasar, pero bueno, Caro es así de única.
~En la cafetería~
Cuando llegué al cuarto, Marta ya había desaparecido con lo que el camino a la cafetería, se me ha hecho más solitario de lo normal. Aún no me quito de la cabeza la mirada de Caro al cerrar la puerta de su dormitorio, por lo que aprovecho esa soledad para intentar darle una explicación. ¿Lo mismo se ha ofendido porque la he comparado con Rober? No tiene demasiado sentido...
Veo que Marta ya está sentada a la mesa. Caro está sentada a su lado, y Rober justo enfrente de ellas. Dado que hoy, excepcionalmente, R y M han renunciado al puesto que preside la mesa, me siento en el lugar que se encuentra entre mis mejores amigas y Rober.
Veo que Marta ya está sentada a la mesa. Caro está sentada a su lado, y Rober justo enfrente de ellas. Dado que hoy, excepcionalmente, R y M han renunciado al puesto que preside la mesa, me siento en el lugar que se encuentra entre mis mejores amigas y Rober.
Odio sentarme allí porque puedes ver a todos y todos te ven a ti, demasiada presión.
Haciendo un barrido general por la mesa, me topo con Caro, quien de nuevo tiene esa mirada con la que me cerró la puerta hace un rato y, esta vez, la culpabilidad me sobrepasa.
— Oye... — Digo dirigiéndome a ella. Puedo notar los ojos de Caro clavados en nosotros. — Lo siento si me pasé esta mañana....
— No te preocupes, ya sabes que soy una dramática. — Me responde. Luego vuelve a sonreír. — Todo bien.
— No te preocupes, ya sabes que soy una dramática. — Me responde. Luego vuelve a sonreír. — Todo bien.
Yo le correspondo con una sonrisa y le quito una de las uvas de su macedonia para romper la tensión. Ella finge ofenderse y, de nuevo, todo bien.


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